Crítica: ‘Que viene el lobo’ extrae petróleo dramático de la falta de certezas

Siempre resulta estimulante regresar a Chesterton, con su genio contra-intuitivo: «La defensa más común de la familia es que, en medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido.

Pero es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la familia no es ni pacífica, ni cómoda ni unida. […] La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados».

Como en tantas veces con el gigantesco (en todos los sentidos) polemista inglés, una aparente paradoja juguetona desvela una inquietante verdad. No parece que esta exitosa serie danesa que hoy estrena Movistar+ comparta el optimismo humanista de Chesterton, pero sí destaca la irrenunciable centralidad de la familia. Para bien y para mal. Porque desde su premisa Que viene el lobo explora el lado oscuro de esa pequeña comunidad «reconstituida», como la llaman los servicios sociales. Una familia cuyos integrantes vienen con sufijos: padrastro, hijastra.

En ese entorno, el primer episodio sorprende por la velocidad con la que monta su aparente conflicto principal. Apenas conocemos a los personajes y ya tenemos una terrible redacción escolar que denuncia maltratos y abusos. Un detonante con tanta nitroglicerina dramática podría despeñarse por la retórica de telefilme. Sin embargo, la pericia de Maja Jul Larsen, la creadora, reside en pintar a todos sus personajes bajo una luz empática. Y ahí tienen mucho que decir los actores, capaces de expresar con su gravedad años de oficio detectando violencia doméstica (Lars, el trabajador social), el estupor ante la pesadilla (Dea, la madre), la incredulidad del acusado (Simon, el padastro) o la sinceridad abrumada de Holly, la joven protagonista. En varias ocasiones la cámara nos acerca, con sosiego, el punto de vista de cada uno de los personajes, de modo que les acompañamos en lo que parecen emociones genuinas. ¡Cuánta importancia en las miradas!

Y, sin embargo, alguien miente. Porque no hay duda de que el embuste es el motor argumental de Que viene el lobo. Ahí está la clásica fábula de Esopo que inspira el título. ¿Quién será el pastor?, ¿quiénes las ovejas?, ¿y el verdadero villano que llegará, al final, con el colmillo goteando sangre? Parece una cuestión de perspectiva, de dónde ponemos el acento. De hecho, si nos fijamos en los títulos de crédito la ambigüedad es norma. Nada es realmente lo que parece. La distancia entre el fragmento y el todo es abismal. Los créditos parten de un ojo en blanco y negro, un rostro que va dibujándose progresivamente, adquiriendo nuevos matices, coloreándose, remoloneando entre planos detalle para, al final, abrir el foco y desvelar una perfecta foto de familia… en la que nadie sonríe.

A la espera de la evolución del misterio durante los siguientes siete episodios, este drama danés se antoja realmente apasionante también por su don de la oportunidad (como en su día lo fue Creedme), en estos tiempos en los que los linchamientos tuiteros aspiran a sustituir el rigor de la justicia. ¿A quién creer? ¿A una adolescente que en esta en una edad, por definición, volcánica, enrabietada y confusa… o a los padres, que podrían mentir para salvaguardar la unidad? ¿Cómo catalogar a alguien de víctima o de verdugo sin haber pasado por los procedimientos que, al menos, intentan evitar la arbitrariedad, la manipulación y el guiarse por las emociones, tantas veces traicioneras? Las zonas grises siempre resultan fértiles para el drama.

La familia y el hogar son lo más cercano a un entorno sagrado que existe, porque para meterse ahí hay que tener una justificación muy, muy bien armada. Lars no duda y el matrimonio no sale de su asombro. Semejante antagonismo quema. De momento, van ganando los servicios sociales, pero queda mucho partido. El primer episodio de Que viene el lobo se ha metido de lleno en un avispero moral y social. Y precisamente por eso resulta tan apasionante: porque ya no hay vuelta atrás para estos «compañeros que venían dados».

‘Que viene el lobo’ 

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