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The Killers – Pressure Machine

El silencio que trajo la pandemia sirvió de inspiración para uno de los trabajos más sentimentales y honestos de la banda liderada por Brandon Flowers.

Tan nítida como en una fotografía antigua que aún cubierta de polvo retrotrae con magnetismo emocional los vestigios del ayer, la nostalgia persevera en Pressure Machineel disco más introspectivo y entrañable de The Killers. En vísperas de que Imploding the Mirage (2020) cumpla un año estancado en aquella nebulosa que lo desahució a pasar desapercibido sin pena ni gloria, los integrantes compensaron a sus seguidores con un sucesor sobresaliente y desarraigado a sus raíces musicalesBrandon Flowers procuró plasmar un retrato vespertino de su infancia y adolescencia, mientras los recuerdos se difuminan en cada verso de las once canciones que construyen la elegía de un viaje acrisolado a Nephi, la pequeña ciudad de Utah donde se crió.

El punto de vista de la portada induce, en cierta medida, a pensar la noción cupular de Pressure Machine. Evoca lo inalcanzable para atisbar el espejismo lozano y despuntar las fantasmagorías con el afán redentor de un espejo cóncavo que intensifica el peso de la añoranza y la ausencia. A pesar de trazar una flecha hacia tiempos remotos, el séptimo álbum de la agrupación norteamericana proyecta las sombras del presente. No es casual que Flowers se haya puesto a cavilar en las reminiscencias pueriles que marcaron su camino en el extenso lapso que duró el confinamiento social. Alejado de las luces intermitentes que lo hicieron escapar, el letargo pandémico suscitó el efecto transversal de la antípoda para devolverlo a su tierra natal con el objetivo de embellecer, vértebra por vértebra, la radiografía urbana imbuida en su memoria.

A diferencia del espíritu colectivo que subsiste en los antecesores electrizantes que catapultaron al cuarteto lejos de la tranquilidad autóctona de sus pueblos, Pressure Machine devela a lo largo de cincuenta y un minutos el soliloquio laberíntico y unipersonal del vocalista de cuarenta años. Lánguido pero no marchito, Flowers desdobla su rememoración con algunos interludios yuxtapuestos entre las piezas y una serie de metáforas reveladoras que refrendan la naturalidad sepulcral del relato. “Las mariposas no solo bailan en una cuerda. Parece que les cortaste las alas, y cada año pasa más rápido que el anterior”, verba con elocuencia en el tema que le da nombre al disco.

El telón se abre con “West Hill”, una oda contemplativa y sentimental que ahonda en primera persona sobre la ruina del edén primigenio. El preludio tiende el sosiego relativo a la vida rural al ritmo del piano y la mandolina. Por la mitad del track, ese estado de reposo comienza a robustecerse a través de arreglos distorsionados que alistan el escenario para que el estadounidense saque sus emociones a flor de piel, rememorando con un nudo de desazón en la garganta acerca de la libertad vernácula de las colinas del oeste. “Quiet Town” sigue por la misma línea, la armónica hace acto de presencia acompasando los destellos de una mente saturada de recuerdos con la marcha de la música country. Luego “Cody” esclarece la voluntad retórica de Flowers exponiendo otra historia de personas desconocidas, a fin de delinear la crónica multidimensional que testimonia la solemnidad del réquiem de Pressure Machine.

A lo largo del álbum predomina la bonanza melódica para cristalizar la melancolía con baladas acústicas como “Terrible Thing”, “The Getting By” y “Runaway Horses”, esta última se trata de una de las piezas más sugestivas del repertorio. Se trata de una colaboración visceral y desgarradora, donde la fragilidad de Brandon se funde con el canto angelical de Phoebe Bridgers provocando un pulso suntuoso capaz de retorcer la indiferencia de quienes suspiraban con antelación anhelando un restablecimiento del vendaval eurítmico correspondiente a Hot Fuss (2004) y Sawdust (2007).

Si bien el vigor representativo de The Killers no prolifera notoriamente el desarrollo de su último álbum, algunas canciones nos devuelven las explosiones vertiginosas que elevaron su nombre a lo más alto. “Sleepwalkers” podría ser un clásico de la banda sin veteranía gracias al paso galopante de la melodía y al riff de la guitarra de Dave Keuning. “In the Car Outside” contrasta el temperamento inaugural con un abordaje voluminoso que incorpora elementos electrónicos y arpegios rutilantes a la variación del tono discursivo. Mientras que “Desperate Things” nos adentra en una atmósfera onírica que paulatinamente hace erupción al atravesar la serenidad conductora para alcanzar el caos estruendoso del noise.

«Todo se detuvo en seco. Fue la primera vez en mucho tiempo que me enfrenté al silencio. De ese silencio comenzó a florecer este disco, lleno de canciones que de otro modo habrían sido demasiado tranquilas y ahogadas por el ruido de los discos típicos de The Killers«, afirmó Flowers acerca de la interrupción global que significó la pandemia y le brindó la oportunidad ideal para concebir la agudeza e ingenio conceptual que reverbera de principio a fin en Pressure Machine. Un disco insondable de la talla de Sam’s Town (2006) que sorprende por su delicadeza, honestidad, y una destacable sinergia entre la música y su autor.

Escuchá Pressure Machine de The Killers en plataformas de streaming (SpotifyApple Music).

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