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Con ‘Tinta y tiempo’, Jorge Drexler se acerca aún más a la canción perfecta

El uruguayo lanza un álbum ecléctico y luminoso, con la participación de Rubén Blades, C. Tangana, Martín Buscaglia y Noga Erez

Como si fuera el score de una película que todavía no se filmó, Tinta y tiempo, el flamante disco de Jorge Drexler, empieza con aires cinematográficos. «El plan maestro» es una imponente obertura orquestal para el decimocuarto mojón de la discografía del artista uruguayo, que incluye la participación de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por el también arreglador Fernando Velázquez. Allí, con su característico lenguaje cientificista, el autor revisita el origen atávico del amor. Hay algo de swinging london en el redoble de la batería y la línea de bajo, hay coros celestiales, colchones de cuerdas, bronces elegantes, un sutil vibráfono y, hay una aparición inesperada de Rubén Blades, con aires de joropo, que anticipa el eclecticismo estilístico del todo lo que vendrá.

Son diez canciones diversas que conforman un álbum reflexivo y luminoso compuesto en tiempos distópicos. «Corazón impar” comparte la ambición orquestal y expone ideas nuevas sobre el mito de la media naranja.

Dedicada a su esposa, Leonor Watling, «Cinturón blanco» propone la reinvención permanente de la pareja, desde la perspectiva de la madurez, que puede funcionar como un manual de autoayuda, aplicado también a otros ámbitos de la vida.

Mirá el video de «Cinturón blanco».

La lista de colaboradores incluye a C. Tangana, la superestrella ibérica con quien el uruguayo construyó un fuerte vínculo afectivo a partir de una visión artística compartida: «Me gusta mucho interactuar con gente que hace cosas muy diferentes a lo que yo hago. La única que tengo que tener es la manera de entender este trabajo. El compromiso con las ganas de hacer algo realmente bueno, realmente artístico». El resultado es «Tocarte», una oda al deseo, que había tenido su lanzamiento como single y que acumula más de siete millones de reproducciones en Spotify, pero que en el contexto del álbum adquiere una nueva dimensión.

Mirá el video de «Tocarte», de Jorge Drexler con C. Tangana.

«Tinta y tiempo», la canción que da título a este trabajo, es una irresistible cruza de zamba (un ritmo que abordó, por ejemplo, en «Camino a La Paloma», Frontera, 1999) con una soleá por bulerías, una celebración de la contemplación como espacio creativo, que funciona como la develación de una de las fórmulas del artista para llegar a la canción perfecta.

Mirá el video de «Tinta y tiempo».

Entre la reflexión y la ironía, «Oh, ¡Algoritmo!», aborda las nuevas lógicas de consumos digitales, sobre un bajo groovero y el flow de la cantante israelí Noga Erez. Casi como en un juego de opuestos y complementarios, «Amor al arte» expone la importancia de la creación genuina por sobre las leyes del mercado, sobre un ritmo de samba.

En una continuidad de aires brasiñeños, sobre acordes de bossa nova, «El día que estrenaste el mundo” pasa al estante más alto de las canciones sobre la paternidad/maternidad.

“Tener el receptor atento al eco, que va de cuerpo en cuerpo”, canta Jorge en «Bendito desconcierto», una colaboración con su compatriota Martín Buscaglia, en una reunión cumbre de la canción uruguaya contemporánea. Un puente entre Madrid y Montevideo en clave de pop.

«Duermevela«, una hermosa canción de cuna dedicada su madre, Lucero Prada da Silveira, con la participación de sus hijos, Luca y Leah en voces, y Pablo -el mayor, de gira actuamente con C. Tangana– en guitarra, que rinden tributo a su abuela (fallecida en 2018), pone el punto final de un álbum encantador y memorable.  La diversidad de tópicos, de ritmos, de nombres propios (de Rafa Arcaute y Víctor Martínez, a Didi Gutman, Carlos Casacuberta y sus colaboradores habituales como Campi Campón y el guitarrista -y director musical- Javier Calequi, entre muchos otros), hacen de Tinta y tiempo un disco destacable en la prolífica y norable discografía de Jorge Drexler. A los 57 años, el uruguayo conoce a la perfección el secreto para darle un carácter universal a sus emociones, a sus obsesiones, a su particular visión del mundo. Lo hace con la precisión de un orfebre, con la sabiduría que da el paso del tiempo, pero con la curiosidad, la ambición y la energía del artista cachorro.

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